viernes, 29 de agosto de 2014

Mi Apolo de cabellos oscuros

                Este relato fue escrito hace tiempo para un certamen de relatos eróticos, la pauta era que fuera casi pornográfico sin perder el tinte romántico. Luego por algo que ni recuerdo nunca lo presenté, así que aquí está. También es la continuación de «Encargo olvidado», aunque como verán no es para nada naive como su primera parte. Sin embargo, debo confesar que se me hace un lío tremendo entre la diferencia de romántica erótica y erótico sin más. Por suerte este era una mezcla de ambos.

Así que ahíestaba, presenciando la boda de su mejor amiga junto a un total desconocido. Cloe le brindó una mirada de reojo mientras él atendía a la salida de los novios. Era atractivo en extremo, destilaba masculinidad, sensualidad y salvajismo. Su mente ideaba escenas de sexo crudo, jadeos, gemidos y satisfacción intensa.

Cabellos negros y de rasgos marcados y masculinos; elegantemente enfundado en un traje gris oscuro, camisa celeste y corbata impecablemente anudada de color azul. Era demasiado atractivo para su paz mental. Recorrió su cuerpo con lentitud; casi demasiado perfecto, si no fuera por una nariz que en algún momento había sido quebrada de un puñetazo. Y ni hablar de sus ojos grises con espigas plateadas que hipnotizaban al instante de contemplarlos.
Su postura de total seguridad en sí mismo y autosuficiencia era impresionante y quitaba el aliento. Pero había algo que se llevaba el premio mayor, sus labios. Finos y seductores, se estiraban con suma lentitud al tiempo que clavaba sus ojos en ella, pronunciando promesas silenciosas del más exquisito placer. No escatimaba en sonrisas; no se trataba de las simples y bondadosas, sino de las que hacían que el mundo alrededor desapareciera en un chasquido.
Recordaba esa boca apenas rozando la suya, tomándose el tiempo en saborear sus labios sin intentar prorrumpir en su interior. La lengua la había acariciado, succionado y mordisqueado, y había aguardado a que precisara tomar un profundo respiro para ingresar en ella, avanzando despacio, catándola a gusto.
Apenas los adictivos sabores a chocolate y pimienta la habían inundado y golpeado, fuego corrió por sus venas, su respiración se tornó irregular y el corazón redobló frenéticamente. Había tenido que hundir sus uñas en los antebrazos masculinos para no caer redonda al suelo, dado que sus piernas habían querido convertirse en gelatina de improviso.
Cuando él había separado su boca unos milímetros de la suya, constató que ambos luchaban por calmar las palpitaciones y oxigenar los pulmones. Al menos, ella también había hecho mella en él.
Meditaba sobre qué más podría provocarle un hombre que solo hacia doce horas que conocía, si le generaba tal estado de aturdimiento y excitación elevada con tan solo un beso. Si apenas al recordarlo su corazón se revolucionaba y ella se humedecía de inmediato.
La atraía de tal forma que nunca hubiera creído posible y eso la aterraba. Era una mujer independiente y en control de sí misma. Y él tenía un aspecto muy dominante que hasta presentía que le iban ciertas prácticas de alto voltaje en el sexo, con las que ella no tenía ninguna experiencia.  Paradójicamente, en lugar de ansiar huir, se encendía aún más como una hoguera bañada en gasolina y temía la excitación que el saberse sometida despertaba en ella.
—¿Nos vamos? —preguntó Alex y enarcó una ceja al verla totalmente ensimismada.
Cloe vagó la mirada, notó que los invitados se retiraban de la capilla y que los novios estaban ya en la entrada recibiendo las felicitaciones de amigos y familiares.
Se sentía feliz por ellos, aunque no podía evitar envidiar a su amiga un tanto; asimismo una melancolía habitaba en su interior al saber que la relación con Laura cambiaría para siempre a partir de ese mismo momento.
Alex la tomó de la mano y le acarició los nudillos con su pulgar. Electricidad navegó a lo largo de su físico ante tal sutil toque. Descendió sus ojos a su unión e imaginó cómo esa extremidad la recorría, acariciaba y arañada suavemente. Se estaba volviendo loca, la abstinencia la estaba haciendo alucinar.
Él tiró de ella para conducirla a los recién casados. Laura estaba rodeada de personas que la besaban, abrazaban y otras que ansiaban tocar su prístino atavío para la buena suerte como era la tradición. Cloe empujó con los codos a un par de las mujeres que la rodeaban hasta llegar a ella.
—Felicitaciones, amiga —dijo en su oído al rodearla con los brazos en un ceñido abrazo—. Que seas extremadamente feliz —no pudo continuar, un nudo se formó en su garganta y le impidió que las palabras salieran, lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin lograr contenerlas.
—Gracias, por todo, Cloe —replicó Laura con voz ahogada a su vez, para luego darle un sonoroso beso en su mejilla—. Luego tienes que contarme quién es ese ser increíble —declaró al tiempo que con un gesto de su barbilla señalaba a Alex, aligerando un poco el momento emotivo—, parece como si Apolo hubiera descendido del Olimpo para asistir a mi boda —ambas se giraron para contemplar al hombre que charlaba con una pareja de invitados a unos metros de distancia.
 —Laura, Apolo es rubio —bromeó, no quería que su mente volviera a maquinar imágenes acerca de él y ella y sus piernas enredadas en una estrecha cama.
—Sabes a lo que me refiero —contestó la novia mientras soltaba unas leves y alegres risas a la par que le guiñaba un ojo.
A los pocos minutos, se retiraron al igual que el resto de los invitados para dirigirse a la esplendorosa fiesta que los novios habían organizada para festejar su unión.
Cloe observaba sus manos entrelazadas sobre su regazo. Alzó una de ellas y comenzó a estirar unos pliegues que se habían formado en su vestido color borgoña. Sabía que ese color le sentaba de maravilla con su tez trigueña, su castaño cabello hasta la barbilla y ojos de un tinte dorado.
—¿Estás bien? —preguntó Alex al maniobrar con el volante en un giro.
Desde que se sentaran, se habían sumido en un profundo silencio, por lo que oír su voz pegó la sobresaltó perceptiblemente.
—Eh… sí. ¿Tú? —preguntó a su vez, sin saber qué más decir, manteniendo sus ojos fijos en el borroneado paisaje que mostraba la ventanilla.
—Bien, pero no soy yo el que está dudando —anunció de pronto.
—¿Dudando? —cuestionó al tiempo que se volteaba hacia él, desconcertada.  
—Sí —fue la breve afirmación que le brindo sin apartar sus ojos de la carretera.
—¿Por qué lo dices?
—Desde que llegamos a la capilla te has estado distanciando físicamente de mí. Ayer no parecías tener ningún problema conmigo, pero hoy…
—¿Hoy? —repitió de nuevo su última palabra, parecía un loro parlanchín y ecolálico.
—Hoy parece que te repelo —contestó con marcado enfado, tenía las mandíbulas trabadas y evitaba mirarla, o eso le parecía a ella.
Debía darle crédito, algo de veracidad había en sus palabras, pero las causas que él interpretaba eran equivocadas. No le repelía, sino que la atemorizaba. Aunque no él, sino ella misma, su propia conducta, sus impulsos de arrojarse a sus brazos sin más. Ella siempre se había considerado una chica precavida, bueno más o menos.
—No es así, no sé bien qué decirte, pero te aseguro que no me repeles —declaró algo turbada, para luego soltar un suspiro y acomodarse de nuevo en el asiento.
—¿Entonces qué es? ¿Acaso no puedes manejarme? —soltó de pronto a cierto modo de desafío, sorprendiéndola.  
El auto pareció empequeñecer. ¿A qué se refería? Ansiaba preguntárselo, sin embargo las palabras jamás abandonaron su boca. Él le dirigió una mirada rápida casi fugaz, pero intensa y que no dejaba lugar a dudas a lo qué se refería. El aire se le escapó de los pulmones, su sangre bullía a un ritmo inaudito y sus palpitaciones salvajes retornaron nuevamente. Si continuaba de esa manera iba a sufrir un ataque cardiaco antes de finalizar la velada.
—¿Y bien? —preguntó sin recibir respuesta alguna, por lo que añadió—: Cloe, sabes muy bien que mañana vamos a comenzar el día juntos, ¿cierto?
—No te comprendo —mintió con voz ahogada al tiempo que el vello de su nuca se erizaba y cada poro de su piel zumbaba por él.
Sin embargo, no pidió mayor explicación. Giró de nuevo al resguardo de mirar el paisaje borroneado y él le facilitó el escape al silencio que los había acunado antes.
La fiesta estaba cuidadosamente planeada. Tenía lugar en uno de los mejores salones de la ciudad. Contaba con un hermoso jardín exterior, velas indicando el camino que desembocaba en una playa pequeña y privada, mesas cubiertas con manteles color champagne estaban emplazadas alrededor del parque.
El amplio salón interno estaba adornado con pesadas telas de similar color que los manteles y otras de un tinte más opaco. Jacintos, claveles chinos, lirios del valle y mirtos blancos y rosados, las mismas flores del ramo que ella misma había conseguido a Laura gracias a Alex, abundaban por doquier.
Había sido hermoso cuando los recién casados habían arribado en medio de bitores y aplausos. A medida que la fiesta transcurría y más a esas alturas que casi terminaba, se había ido distanciando de Alex como él mismo había mencionado con anterioridad.
Sin embargo, a pesar de querer evitarlo, cuando él le ofreció la palma para conducirla a la pista de baile, la tomó al instante. Bailaron por el lapso de media hora sin apenas hablarse, tan solo algunos monosílabos fueron pronunciados.
En cuanto la música fue cambiada por una más lenta, una alarma de peligro se avivó en la mente de Cloe a la que no llevó el apunte. Se fundió contra él, danzando casi sin moverse del lugar, como si solo estuvieran ellos dos y la melodía hipnótica que los envolvía.
 Las manos masculinas, ni muy arriba ni muy abajo, la sostenían por la cintura a la par que ella tenía enlazados sus brazos detrás de su nuca. Podía sentir su aliento cálido cerca de su oreja, cosquillándole con cada exhalación. Toda ella comenzó a vibrar por la corriente eléctrica que la recorrió al acercar las caderas a las de él y sentir la dureza contra ella. Sin aliento, se apretó a él mientras enredaba los dedos en su cabello negro, inconscientemente.
Levantó el rostro del hombro de Alex y quedo prendida de los labios que quedaban a la altura de sus ojos, sin conseguir apartar la mirada de ellos. Él debía notar el cambio producido en su cuerpo, los músculos tensionados por el placer contenido, la cadera que se frotaba levemente contra la de él, la boca apenas abierta que dejaba escapar un suspiro o dos, y cómo subía y bajaba su pecho debido a la respiración superficial.
Alex rozó con las yemas su mejilla y ella soltó un jadeó como si la hubiera quemado hierro hirviendo. Él no se apartó, continuó el viaje por su cuello hasta acariciar con dos dedos el largo de su clavícula. Ella apenas podía respirar, ardía por dentro como si la temperatura hubiera subido unos veinte grados, estaba siendo rostizada con sus caricias.  
Él no debía estar mejor, ella percibía la dureza de su miembro y su respiración agitada, al igual que sus ojos cada vez más dilatados.
—Nos vamos —anunció sorpresivamente y ella no puso ninguna queja.
La arrastró a lo largo de la pista para que se despidiera de los novios algo tomados mientras él iba por sus abrigos. Laura se colgó de su cuello y balbuceando logró decirle:
—Pórtate muuuuuy mal —dijo y ante la mirada que le dirigió Cloe, añadió entre carcajadas—: ¿Qué? Yo pienso hacerlo y mucho.
Se encontró con Alex y a los pocos segundos se hallaban de nuevo viajando en su automóvil.
No sabía bien a dónde la conducía, ni le importaba. Su cerebro no dejaba de arrojarle advertencias de que podría ser un asesino serial o un violador; al fin y al cabo no sabía casi nada de él solo que era florista y que estaba más bueno que el pan.
De todas formas, en aquel instante era su cuerpo el que tenía el poder de decisión y estaba más que resuelto a probar un bocado de ese hombre. Ante las imágenes que se atropellaron en su mente, su lengua recorrió sus labios resecos tratando inútilmente de brindarles algo de alivio. Al mismo tiempo, un gemido escapó de los labios de Alex, ella alzó la mirada inmediatamente para encontrarlo observándola de una manera que daba por sentado las cosas que ocurrirían entre ellos. Un temblor la atravesó, nudos anidaban en sus entrañas y un deseo intenso se fue instalando entre sus piernas.
El auto aparcó magistralmente. Alex descendió y lo rodeó. Abrió su puerta de un tirón y le extendió la mano. Un segundo de duda la traspasó al contemplar la palma que se le ofrecía, pero apartó el titubeo de su cabeza. En ciertas ocasiones había que tirarse a la pileta para comprobar si había agua dentro y esperaba que la hubiera.
Él no encendió la luz, tiró de ella hasta conducirla por unas escaleras. La ansiedad de ambos iba en aumento y se traducía en lo rápido que avanzaban sus pies. A ella le hubiera gustado conocer un poco más sobre la vivienda de Alex, sin embargo no consiguió ver gran cosa entre la luz apagada y la velocidad con la que subieron a la segunda planta.
Alex se detuvo de manera brusca lo que provocó que ella chocara contra su espalda. No abrió la puerta inmediatamente, sino que se giró despacio hasta observarla de reojo como si sopesara lo que iba a ocurrir ahí dentro. Le tomó su barbilla con dos de los dedos y la obligó a elevarla hasta que sus ojos se toparon. Aceró los labios a los de Cloe y los dejó suspendidos a un suspiro de distancia. Sus respiraciones se entremezclaban sin llegar a rozarse, prolongó el tormento hasta que decidió capturar su boca y saborearla como si no tuviera ninguna prisa.
El anhelo la carcomía y el cuerpo le ardía por profundizar su toque. Su lengua se disparó salvajemente y él se apartó con una sonrisa maliciosa plasmada en el rostro.
—No, no, no, preciosa. Todo a su tiempo —la amonestó retornando a la actividad interrumpida.
Las manos de ella saltaron a aferrarse de esos musculosos hombros, las uñas carmesí se hundieron y provocaron que él gruñera sin dejar de disfrutarla. Las caderas se pegaron comenzando un vaivén totalmente impúdico sin importarles arrugar su vestimenta.
No le respondían las piernas mientras él la arrastraba por la habitación aún envueltos en un lujurioso abrazo. Chispas saltaban por su estómago a la par que la agitación de su respiración se acrecentaba hasta sentir que fuego salía por su garganta.
La soltó sobre la cama donde cayó, rebotando, y se incorporó sobre sus codos para observarlo con total atención.
El corazón se saltó un latido completo cuando él comenzó a desanudarse la corbata con tal lentitud que años podrían haber transcurrido. Dedos largos abrían el nudo, despacio, muy despacio. No iba a soportarlo. Listo, dejo salir un largo suspiro, la corbata se encontraba extendida a los lados del cuello. Alex tomó ambos extremos y los hizo moverse de un lado a otro, se la quitó y la dejo caer sobre ella. Cloe saltó como si de agua hirviendo se tratase al tocarla ese pequeño trozo de tela.
La chaqueta salió disparada hacía un sillón que había en una esquina, se percató que, ni siquiera, tenía noción de qué mobiliario componía la habitación. Y poco le importaba, su atención era captada por el nuevo recorrido que hacían sus dedos al desabrochar poco a poco, un botón, luego otro, y otro; dejando al descubierto cada vez una porción de piel bronceada. Un rizado vello oscuro fue apareciendo. Anhelaba tocarlo, enredar sus dedos y tirar de ese enjambre oscuro hasta que soltara un gruñido de dolor. Cielos, ¿de dónde había salido eso? Nunca le había ido el sado, ¿cierto?
Ya no sabía nada de nada, su mente era un torbellino de incongruencias y su cuerpo un huracán de sensaciones. Morder, deseaba morderle los hombros que ahora podía contemplar al completo, eran musculosos y fuertes, tuvo que apretarse los labios con las manos para contener el gemido que casi escapaba de su boca.  
El striptease la estaba llevando a un plano de locura inconcebible, lo necesitaba ahora, tocarlo, morderlo, saborearlo… ¡Lo que fuera pero ya!
La camisa siguió el mismo camino que la chaqueta, volando por el aire, y creyó que moriría de combustión espontánea.
—¡Apúrate! —gritó y el muy descarado negó, tranquilo, mientras mantenía los ojos grises calvados en los suyos.
—Todo a su tiempo —anunció con voz, pausada y ronca, que para Cloe fue como el toque de una picana y una descarga eléctrica se disparó por toda su columna.
Ahora era el turno del cinturón y luego fue el de los pantalones. La vista de la mujer navegó hacía el enorme bulto que se escondía bajo el calzoncillo negro. La respiración se le entrecortó ante la expectativa y la boca se le secó.
Se inclinó sobre ella, tomó el dobladillo de su vestido y lo subió en cámara lenta por las sus piernas, provocándole miles de cosquillas. Cuando llego a la mitad del muslo se detuvo, se acuclilló y con la lengua dibujó un camino ascendente desde la rodilla de Cloe hasta el inició de la ropa interior. Los dedos masculinos seguían el trazo húmedo dejado por su lengua, haciéndola estremecer con la punta húmeda.
A Cloe se le atascó la respiración y sus ojos se nublaron; pequeños gemidos partían de su boca. Su cuerpo ardía por la excitación que le generaba con una habilidad sin igual aquel desconocido. Le quitó los zapatos con suma delicadeza mientras su cálido aliento le caía sobre el centro de los muslos haciendo que se humedeciera aún más. Él debía notar lo mojada que se encontraba, estaba segura que se evidenciaba a través de la tela. Tampoco ayudaba que le provocara cosquillas con sus dedos rozándola como suaves plumas desde los tobillos hasta concentrarse en la parte posterior de sus rodillas. Cloe emitió un gemido al tiempo que elevaba sus caderas y se aferraba al edredón, desesperada por satisfacer el vacío que sentía.
—Tranquila, pequeña. Ya vamos —susurró al tiempo que ella le brindaba una expresión de odio y frustración.
La volvía loca mientras él se quedaba tan imperturbable ofreciendo aquella sonrisa lobuna característica en él.
Le rozó los muslos con los dedos hasta llegar al elástico de ropa interior de encaje, los enganchó en la tira. Ella volvió a alzar las caderas para permitirle deslizar la prenda hasta dejarla sobre el suelo. Ya no había barreras, el frío se mezcló con la calidez y humedad de la apertura. Alex volvió a tomar el dobladillo del vestido hasta arrugarlo en su cintura y calvó los ojos en la cavidad hambrienta y húmeda.
—¡No! —ordenó la ronca voz al ella querer cerrar sus muslos al tiempo que él le  apartaba más sus miembros para tener una mejor vista de la intimidad ocultada allí—. Ábrelos para mí, cielo —ella obedeció en el acto colorada como un tomate.
Creyó morir al observarlo a él lamer sus propios labios y contemplarla como un famélico ante un gran banquete largo tiempo anhelado. Alex descendió su rostro hacia su sexo, pero en el último segundo se volteó para mordisquear la cara interna del muslo derecho. Ella emitió un gemido de frustración y se convulsionó. Mordió el otro y un gruñido escapó de ella.
Con una sonrisa maliciosa que la estremeció, Alex fue descendiendo su cara entre medio de sus muslos; la lengua comenzó a lamer un punto que se encontraba oculto como un pimpollo y Cloe no pudo contener el grito que salió de ella ni tampoco el que sus caderas se mecieran al ritmo de las lamidas. Necesitaba tocarlo, deslizar sus dedos por su torso; se alzó mínimamente de la cama solo para verse detenida.
—No, pon tus manos atrás —exigió Alex con marcada intensidad.
Sin dudarlo, Cloe se aferró a la colcha con tal ferocidad que sus nudillos se le tornaron pálidos. Cortocircuitos se extendían por sus piernas, le subían por la espalda y explotaban dentro de su cabeza, dejándola con miles de pajarillos volando a su alrededor.
La lengua volvió a mortificarla, dedos aparecieron abriendo los resbaladizos pliegues para darle mejor alcance. Gemidos se sucedían unos a otros. La punta húmeda recorría sus labios superiores causándole que un sinfín de estallidos se albergaran en sus entrañas.
—Oh, Dios, sí —jadeó como una posesa desde lo más profundo de su ser, curvándose y tensionando cada musculo.
Caía por una pendiente sin retorno y lo único que deseaba hacer era abrir sus brazos y dejarse caer.
La aferró por los glúteos, la elevó y la pegó aún más a su rostro, inmovilizándola mientras la sometía a su ataque sensual. Cloe arqueó la espalda hasta quedar con el cuerpo suspendido, solo tocando el colchón con la cima de la cabeza y con las manos todavía estrujaban al edredón. Los muslos descansaban en los hombros de él y con los pies a su espalda lo acercaba a ella con tal urgencia que parecía una desquiciada. Él absorbía los fluidos de su interior con salvajismo, los ruidos de las succiones junto con los jadeos de ella resonaban en el silencio reinante de la habitación.
La tenue luminosidad de la luna a través de la ventana resaltaba las gotas de sudor que, como brillantina plateada, se deslizaban por sus cuerpos. 
La boca masculina se apartó y ella pudo sentir las respiraciones agitadas contra su sexo, conduciéndola a un plano de locura indescriptible sin ni siquiera tocarla. Retornó a atormentarla, con un ataque más calmado, deteniéndose en ciertos sectores. Prestó un largo interés a ese botón, pasando lentamente la lengua sobre él casi sin tocarla, haciéndole múltiples cosquillas y llevándola a la incoherencia.
Jadeos escapaban de sus labios y su cuerpo convulsionaba ante cada nueva lamida. Sus dedos se cerraron sobre el edredón con desesperación al sentir un leve rasguño con los dientes y un dedo jugando en su entrada; se arqueó en un semicírculo perfecto al el intruso entrar de a poco en su interior y acariciar sus paredes que lo succionaban como si tuviera todo el tiempo del universo.
Una falange ya se fue colando dentro, un poco más, otro poco, hasta que estuvo envuelta al completo, saliendo y entrando por la cueva resbaladiza y húmeda.  Otro dedo se unió al primero, luego un tercero, entrando y saliendo.
Le habían echado gasolina encima y había comenzado a combustionarse al tiempo que su cuerpo de estremecía sin que pudiera controlarlo; sus manos escaparon hasta aferrarse a los mechones oscuros de su torturador a la par que él posaba sus ojos grises en ella.
Un gruñido rompió en la noche, se percató que le estaba jalando bestialmente del cabello, sin embargo, él no se detuvo y continuó con su tarea que no tuvo que prolongar por mucho más tiempo. Un calor abrasador la recorrió entera, envolviéndola, conduciéndola hasta un infinito ardiente. Lanzó un alarido para luego caer desparramada y hecha una gran masa laxa sobre el colchón.
Alex tomó nuevamente el extremo de la tela borgoña arremolinada a las caderas femeninas, la subió y dejó al descubierto los pechos, pequeños y enhiestos. Le pasó un brazo bajo los hombros y la elevó con suavidad  para quitarle la prenda por la cabeza mientras ella lo dejaba hacer sin fuerzas después del tremendo orgasmo que había disfrutado.
Sin embargo, no le dio un lapso demasiado prolongado de tregua, se arrodilló entre las piernas de ella; rozó con los labios su abdomen, dejando un camino de dulces besos hasta el ombligo donde hundió su lengua y se entretuvo, atormentándolo.
—Entra en mí, ya no puedo más —suplicó en un susurro.
—Claro que puedes, cielo. Ya falta poco y estaré allí contigo. No temas —aseguró con la voz ronca y agitado, se podía palpar que él mismo tenía que hacer un gran esfuerzo para controlarse.
Los dedos le hormigueaban por tocarlo, acariciarlo, arañarlo. Esa inmovilidad que le había exigido la estaba desquiciando por lo que se elevó para llegar a él, pero Alex aferró una de las muñecas antes que llegara a alcanzarlo y luego, tomó la otra llevándole las manos hasta los barrotes del cabezal del lecho para que se agarrara de allí.
—No —ordenó y la severidad de filtraba en aquella negativa.
—Déjame tocarte —rogó al retorcerse en pura agonía.
—Luego —fue la escueta y tranquila respuesta.
Quiso desafiarlo, plantarle cara y hacer lo que ansiaba, aunque también deseaba que él la transportara al límite y la exigiera a cruzarlo tan solo un poco, a que se dejase llevar por él hasta ese viaje del más crudo placer.
La golpeó de lleno la admiración en aquellos rasgos tan masculinos al contemplar su figura, la hacía sentir la mujer más hermosa del planeta y olvidarse de las imperfecciones que sabía que poseía: los quilos de más, las caderas algo redondeadas, los pechos pequeños… Esos ojos grises le devolvían una imagen de fémina perfecta y un miedo intenso la fue envolviendo. No a él, sino a las emociones que se arremolinaban en su interior.
Descendió sobre uno de sus pezones introduciéndolo en su boca, estirándolo entre sus dientes y jugueteando con él con la lengua. Hacía menos de un minuto había tenido un orgasmo demoledor y ya otro le burbujeaba al sentirlo mordisquearle y soplarle la punta de un pecho.
Ascendía a una velocidad inaudita al precipicio del placer por obra de su lengua y aquellos dedos de piel áspera que hacían vibrar sus terminaciones nerviosas como ninguno otro había logrado hacer con ella. Se convertía en una masa maleable bajo su hechizo.
Alex reptó sobre ella, lamiendo su clavícula y su cuello hasta arrancarle un prolongado jadeo al mordisquear el lóbulo de su oreja. Un miedo inusitado la embargó, todo era demasiado; demasiado intenso, demasiado rápido, demasiado él.
Él se estiró para agarrar un pequeño paquete metalizado que abrió con los dientes, se colocó el preservativo en un segundo, listo para entrar en ella. Se posicionó entre sus piernas, acomodando su pene a escasos milímetros de su dilatada entrada. Al conectar sus ojos grises con los dorados, debió haberse percatado de las emociones encontradas que se debatían dentro de Cloe, por lo que se detuvo y le acarició la mejilla.
—¿Estás bien? —preguntó suavizando sus facciones, casi rozando sus labios. Sin embargo, Cloe no logró responder, simplemente asintió en un breve gesto al tiempo que una lagrima se derramó de su ojo derecho, evidenciando la vulnerabilidad que la aquejaba—. Shhh… tranquila —trató de brindarle la confianza necesaria—, yo te tengo. Estamos juntos en esto —susurró besándola con ternura sin apresurarla hasta que ella comenzó a responder al beso con igual anhelo que él.
Alex presionó en su abertura ingresando de a poco. No encontraba resistencia alguna dado lo húmeda que se encontraba, facilitando su penetración. Gotas de cálido sudor se derramaban por sus sienes al controlar su intromisión por tan ardiente recorrido. La miró fijamente a sus ojos nublados por la pasión que la envolvía, Cloe liberó sus manos para aferrarse a él y sus piernas lo rodearon en un ceñido agarre.  
Dejó escapar un gruñido cuando ella le arañó los hombros como una gata salvaje y descontrolada para luego enterrarle el rostro en la curvatura de su cuello, mordisqueándolo, mientras él comenzaba un vaivén frenético contra sus caderas que no tardaron en acompasarlo en el ritmo establecido. Dos cuerpos convertidos en uno, contorsionándose al unísono.
Desesperación por alcanzar la liberación los apresuraba en sus movimientos, cada vez más violentos. Los corazones corrían y las respiraciones salían irregulares.
Soltándose súbitamente, ella arqueó su espalda, lanzando por segunda vez en esa inverosímil noche un grito agudo, exclamando el nombre masculino repetidamente. Él tensó su cuerpo, estiró su cuello y presionó su mandíbula soltando un profundo rugido.
Alex cayó a su lado, tirando de ella hasta acomodar su cabeza sobre su hombro y le besó la frente con suavidad. Cloe se acurrucó contra el costado más firme. Las inhalaciones volvían a restaurar su compás habitual. Así, abrazados, se quedaron dormidos en una cama totalmente desbaratada.
A las horas, Cloe abrió levemente sus ojos, volviéndolos a cerrar tratando de evitar la invasión de la claridad. Apartó sus parpados en pequeñas rendijas para vislumbrar una habitación totalmente desconocida. ¿Dónde estaba? Su corazón comenzó a palpitar violentamente. El miedo la inundó. Un suspiró provino de su izquierda, al voltear se encontró con su hermoso Apolo de oscura cabellera, observándola con ojos entreabiertos y aun adormecidos.
—Te lo dije —sentenció él estirando su cuerpo al desperezarse y dejando ver sus dientes al esbozar una sonrisa adormilada.
—¿Qué me dijiste? —preguntó, rodeándose las rodillas con sus brazos y apoyando su mejilla sobre ellas.
—Que comenzaríamos el día juntos —anunció.
—Sí, lo hiciste —recordó Cloe, un tanto cabizbaja—. ¿Algún nuevo vaticinio?
—Mmm… sí, creo que sí —dijo sin revelar nada más.
—¿Y? ¿Cuál es? —preguntó muy despacio con una voz apenas audible.
—Digamos que tu soltería está a punto de acabar —comentó con el ceño fruncido, puesto que debía notar las emociones que se arremolinaban en los ojos de ella. Extendió su mano y le rozó la barbilla, apenas tocándola, con una suavidad que casi le arranca un suspiro—. Cuéntame, amor —pidió Alex al mismo tiempo que tomaba su rostro entre sus manos—. Habla conmigo, dime qué ocurre.
—No creo poder manejarte —declaró, respondiéndole la pregunta que él le había formulado en el auto; y apartó la vista al distinguir la ráfaga de decepción que traspasó la masculina.
Alex le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo nuevamente.
—Podemos ir más despacio, cielo —aseguró con las facciones marcadas por la preocupación.
 ¿Qué tenía este tipo que la hacía convertirse en gelatina? Eran tan sublimes las sensaciones que brotaban en ella cada vez que la tocaba. ¿Qué le estaba haciendo? La estaba enamorando, eso era. Ella se estaba enamorando de ese hombre de cabello oscuro, ojos grises y cuerpo de ensueño.
—Eres… —no podía continuar, un gran nudo se había instalado en su garganta—, eres demasiado.
—Sospecho que no se trata de un cumplido —bromeó o al menos trató, aligerando el ambiente.
—Vas a exigirme más de…
—Sí.
—… lo que pueda darte —aventuró con voz queda y vulnerabilidad plasmada en sus facciones.
Alex tiró de ella y la tomó en los brazos, apretándola firmemente.
—No, pequeña —aseguró, serio y tierno a la vez—. No exigiré más de lo que sepa que puedas dar. Entiendo que estás colmada de emociones que aún no puedes controlar y que no estás acostumbrada —un beso fue depositado sobre la cabellera castaña—. Soy dominante…
—Muy —añadió por lo bajo
—Muy dominante —concedió—, eso no te lo voy a negar. Sin embargo, podemos ir al ritmo que desees.
—Vas a querer más. Lo que hicimos ayer… sé que no es a lo que estás habituado.
—No, no lo es —confirmó. Un silencio tenso se prolongó por unos segundos—. La conexión —añadió con voz cargada de sentimiento— que compartimos ayer no es algo que disfrute a cada momento, fue más que puro placer físico, una intensidad me golpeó de lleno en el pecho para instalarse allí. Tú eres esa intensidad, Cloe. Yo… algo despertó dentro de mi cuando chocamos frente al negocio de mi hermana y no creo que sea fácil de adormecerlo nuevamente.
—¿De tu hermana? ¿No eres florista?
—¿Florista? —La boca masculina soltó una risa baja— No, cielo, no lo soy. Volviendo a lo que te decía, yo disfruté ayer, pero porque tú te uniste a mí en ese disfrute. Si hiciéramos algo en lo que no te sintieras cómoda, no sería igual de especial, cielo. En el instante que estemos listos, avanzaremos, pero juntos.
—Te tengo miedo. Siento que me desdibujo. Tengo miedo que me manipules y logres lo que quieras conmigo —confesó, aturdida por las polarizadas emociones que tironeaban de ella, entre quedarse y alejarse.
—Entiendo —murmuró—. Supongo que aunque te asegure que no será así, no servirá de nada.
—Yo… no.
—Bien. No insistiré.
Dentro de Cloe bullía un caledoscopio de emociones, impotencia, angustia, miedo, deseo y amor. Sí, primaba el miedo. Sabía que lo de la noche anterior había sido solo una pequeña muestra de lo que le deparaba el futuro junto a él. Ni se quería imaginar lo que sería el tener la experiencia completa. Sin embargo, también tenía presente que él la había cuidado, exigiéndole solo lo que estaba preparada para dar y haciéndola ceder tan sólo un poco del control que se autoimponía. Y lo que más angustia le causaba era que, no se estaba enamorando, sino que ya estaba enamorada de él. Aunque tenía miedo de quedarse, no quería alejarse de estos brazos que la sostenían. Hacer el amor con él había sido como si hubiera pasado un largo tiempo dormida y hubiera vuelto a la vida, como respirar y contemplar el mundo con un cristal diferente. El amor luchaba por ganar la batalla y hacer retroceder al miedo a cada segundo que transcurría.
—Alex, por favor —suplicó ella—, insiste —rogó y tensionó más su agarre al cuerpo de Alex —No permitas que me aleje —suplicó.
No quería que la dejara ir. Al mismo tiempo agradecía que respetara su decisión. ¡Su mente estaba hecha un lío!
Él se recostó con ella entre sus brazos y permanecieron en silencio durante unos cuantos minutos, en los que él le acariciaba con suavidad el brazo con dos dedos mientras ella dibujaba con la yema círculos invisibles sobre su pecho.
—Necesitamos una cita —dijo de pronto, sorprendiéndola
—¿Una cita?
—No hemos tenido una aún. Quedemos en una cita y nos conoceremos despacio. No sabes nada acerca de mí. Tropezamos, fuimos a una boda y nos acostamos, creo que empezamos al revés y deberíamos darnos una oportunidad.
—Supongo. ¿Y si el futuro nos depara una simple postura misionera? —preguntó, tratando de bromear y aligerar un poco la tensión que se había creado entre los dos.
—Mi favorita, lo juro —aseguró Alex, haciendo el gesto de la cruz con uno de sus dedos sobre su boca a modo de juramento. Ese simple ademán arrancó una risa a una temblorosa Cloe—. Aunque te advierto que no me acuesto en la primera, al menos vas a tener que esperar a la tercera cita para ponerme las manos encima —Ella no pudo evitar reírse ante sus palabras, Alex la tomó por los hombros y la apartó unos centímetros de él—. ¿Eso quiere decir, sí, amor? —preguntó queriendo confirmar su respuesta.
—Sí, Apolo.
—¿Apolo?
—Tal vez te lo cuente en la cuarta o quinta cita —aventuró antes de descender sobre los labios que la tentaban como nunca antes unos lo habían hecho.




2 comentarios:

  1. Pasamos a saludarte, a dejarte un besazo enorme y a invitarte a participar en nuestro reto de halloween, queremos hacer un libro como hemos realizado otros años y esperamos que tus letras puedan formar parte de sus páginas.

    ♥ . .))(
    ♫ .(ړײ) ♫.
    ♥ .«▓» ♥.
    ♫ ..╝╚.. ♫
    Esperamos que tengas una buena semana.

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  2. Brindo por nuestra amistad y quiero que sepas que estoy muy feliz de tenerte entre mis amigos bloggeros.

    Muchas gracias por un año más a mi lado.

    Felices fiestas!

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