martes, 19 de agosto de 2014

El padre de mi hijo

Este relato lo presenté en un blog para conmemorar el Día del Padre hace unos años, pero lamento no recordar en cuál. Si el dueño del blog lo lee, le agradecería refrescar mi memoria. 

El último profesor de su clase había faltado, por lo que había regresado antes a casa de la universidad. De todas formas estaba muy cansada, había estado estudiando para el examen que tuvo en la primera hora desde hacía varias semanas. Dejó la cartera sobre uno de los sofás del living y fue hacía su habitación. Aunque antes entró en el cuarto de su hijo.
Había unas cuantas zapatillas tiradas de forma desordenadas y un par de camisetas en un rincón. Empezó a ordenar un poco la habitación, levantó los calzados y los puso en su lugar, y justo cuando iba a recoger un cuaderno, vio un papel arrugado escondido bajo la cama. Lo recogió y abrió. Al leer lo que decía, un sudor frío le recorrió la espina dorsal.
Los invitamos a los papás a festejar su día junto a sus hijos
Él no le había dicho nada sobre un festejo por el día del padre, aunque ella tendría que haberlo esperado. El colegio siempre realizaba ese tipo de acontecimientos para unir a las familias del alumnado. ¿Por qué no le había informado?
Sin pensárselo dos veces, tomó su chaqueta y la cartera, y salió del apartamento.
Condujo como una lunática, presionaba el acelerador a fondo, no dejaba de hacer sonar la bocina como si fuera un arma sonora que pudiera hacer desaparecer a los otros automovilistas. Frenó el auto haciendo un chirrido frente a las escalinatas de la institución, bajó y corrió escaleras arriba.

Era un colegio al que concurrían niños de clase media, es decir hijos de padres trabajadores y no con cuentas bancarias repletas de dinero. Sin embargo, era un establecimiento que tenía sus años y era reconocido por el excelente programa educativo.
Llegó sin aliento a la dirección y con un intenso dolor en un costado. Estaba fuera de estado, debería hacer más actividad física, anotó en su mente.
—Señora Devon, ¿se encuentra usted bien? —preguntó la directora extrañada al verla tan desarreglada y acalorada.
Era una mujer seria, a la que ella nunca había visto sonreír en los dos años que la conocía. Estaba ataviada con el usual traje de color azul marino y con el cabello peinado en alto de manera tirante. La observaba a través de las gafas con atención.
—Sí —jadeó—. ¿Dónde… dónde está mi hijo?
—En el campo de deportes detrás del edificio. Allí es el festejo de padres e hijos —le informó como si fuera una tonta.
Se volteó y echó a correr de nuevo sin despedirse de la mujer. El corazón se le salía del pecho y el aire caliente le abrasaba la garganta, solo pensaba en que su hijo debía estar pasándolo horrible en aquel evento. A los doce años, podría pensar que ya sabría desenvolverse solo en esas situaciones, aunque la madre que tenía dentro seguía pensando en él como un pequeño niño indefenso que precisaba de ella como el primer día en que lo conoció.
Tuvo que apoyarse contra uno de los árboles que bordeaban el campo para recuperar el aire, ya no podía más. La respiración era agitada y los ojos le lloraban del esfuerzo que había hecho para llegar. Veía a los niños corretear junto a hombres adultos. Vagó la mirada por el lugar buscando a Tomy, no lograba encontrarlo. El campo estaba dividido en diversas pistas en que los niños participaban en diferentes juegos junto con sus padres. Había varias mesas de maderas adornadas con manteles a cuadros blancos y rojos, y globos de colores colgaban de las ramas de los robles. Algunas madres conversaban al costado de las carreras y concursos.
—Hola, ¿has visto a Tomy? —le preguntó a uno de los niños que reconoció como compañero de su hijo.
—Sí, está allí con su papá —contestó a la vez que apuntaba hacía unos metros de donde se hallaban ellos.
¿Cómo que con su papá? Todas las alarmas se le encendieron en la mente y chillaban de manera ensordecedora.  
El corazón comenzó a latirle frenéticamente y un miedo inusitado le creció por dentro. El aire escapó de sus pulmones y las manos se le humedecieron.
Alzó la mirada hacia donde había apuntado el niño y, cuando lo vio, quedó paralizada. Tomy estaba jugando a las carreras de embolsados junto a un sujeto de cabello rubio y que le sonreía con afecto. No tenía idea de quién era ese tipo que ocupaba el lugar de su padre, pero se disponía a averiguarlo. Se dirigió hacia ellos y se les plantó delante.
—¿Mamá?
—¿Quién eres y qué haces con mi hijo? —encaró al hombre que la miraba extrañado.
—Yo…
—No sé qué es lo que quieres, pero aléjate de mi hijo ahora mismo —le ordenó al tiempo que le apuntaba en medio del pecho con un dedo.
—¡Mamá! ¡Estas arruinándolo todo! —gritó el niño antes de salir disparado.
—¡Tomy!
Ella se disponía a seguirlo justo cuando el hombre la tomó por el brazo.
—Déjalo —encomendó con tono severo.
—Suéltame —dijo ella entre dientes.
Él no solo no lo hizo, sino que se salió de la gran bolsa de arpillera sin soltarla y la arrastró hacía uno de los costados de la pista. De pronto, un silencio se hizo alrededor y ella notó como todos los asistentes, niños y adultos, la miraban como si estuviera loca. Quiso que se la tragara la tierra, el rostro se le volvió del color de los tomates y pudo escuchar las murmuraciones en torno a ella. En general, era una persona muy tranquila y que prefería pasar desapercibida, aunque si alguien le hacía algo a su niño, salía la bestia que tenía dentro y que solo reservaba para tales ocasiones.
—Camina —le ordenó él mientras continuaba tirando de ella hacía un lado.
De un movimiento brusco, se desasió de la mano que la aferraba y le brindó una mirada fulminante. ¿Quién era él para ordenarle nada?
—¿Quién te crees que eres?
—El padre de tu hijo.
Las personas cercanas a ellos continuaban observándolos. Estaban dando un buen espectáculo. Además era la primera vez que veían al padre de Tomy, ella siempre concurría sola a los eventos escolares. Es más, varios padres la habían avanzado un par de veces, solo por eso ya eran la comidilla de todos.  
—Lo lamento, pero si lo fueras, ¿no creerías que lo sabría? —cuestionó, irritada.
—Quieras o no, soy su padre y este es mi día con él. Así que si me disculpas…
Y se alejó con lentitud, en busca del muchacho que había salido corriendo unos minutos antes, a la par que ella se quedaba estupefacta en el lugar y lo contemplaba irse con la boca abierta y los ojos desorbitados. Definitivamente, se había despertado dentro de un capítulo de la Dimensión Desconocida, pensó; se sacudió el congelamiento y salió tras él.
—¿Quién eres? —le preguntó una vez que lo igualó en el ritmo de sus largas zancadas.
—Ya te dije, el padre de tu hijo.
Ella se detuvo y cerró los ojos con fuerza. Él, al darse cuenta que ella no continuaba junto a él, volvió sobre sus pasos.
—¿Estas bien? —le preguntó al ver que inspiraba profundamente y que tenía la cabeza gacha.
Ella respondió con una breve negación de la cabeza, sentía la boca llena de saliva, la mandíbula floja y que los músculos se le ponían laxos. Y de pronto, le pareció que la tierra se derrumbaba bajo sus pies y se la tragaba como había rogado minutos antes. Él hombre la aferró por los antebrazos antes de que se fuera redonda al suelo.
La tenía desmayada contra él y casi estaban sentados en el suelo mientras trataba de acomodarle la cabeza sobre su hombro para que no se bamboleara.
La levantó como pudo y la trasladó hacia una de las mesas que estaban desperdigadas por todo el campo para poder disfrutar del picnic. La dispuso en uno de los asientos y percibió que ella no estaba por completo desmayada, solo algo desorientada.
—¡Mamá! —gritó Tomy mientras corría hacia ellos con expresión preocupada.
—Estoy bien —susurró la joven a la vez que intentaba esbozar una sonrisa sin conseguirlo.
—Ve a traerle algo de tomar y luego prepararemos el almuerzo.
—Sí, papá.
El niño fue en dirección a la confitería. Estaban solos nuevamente, el hombre tomó asiento junto a ella quien lo observaba con ojos recelosos.
—¿Cómo te llamas?
—Evelyn.
—Bien, Evy. Vamos a dejar que el niño disfrute de su día del padre y no armaremos ningún escándalo.
—Pero…
—¿Esta claro?
Ella clavó su mirada en la verdosa del sujeto y trató de identificar la motivación que tendría él para ser el padre de Tomy, sin embargo la encontró insondable. Eso no la dejaba tranquila, no obstante le dio un breve asentimiento en respuesta.
—Bien. Cuando él regrese iremos a participar de otra carrera de embolsados, y esta vez no habrá ninguna madre desquiciada que le interrumpa la diversión.
—Yo no soy una madre desquiciada.
—¿Está claro, Evy?
—Sí y mi nombre es Evelyn.
Él no acotó nada puesto que Tomy volvía a toda prisa con una botella plástica de agua en la mano.
—Aquí tienes, mami.
—Gracias, cielo —le dijo al tiempo que le revolvió el cabello y le dedicó una sonrisa. Esta vez sí logró esbozarla.
Ella abrió la tapa de la botella y dio un pequeño sorbo. Aún estaba un poco aturdida y algo mareada, pero ya no sentía esas nauseas que la habían invadido un rato antes.
—Vamos, campeón, a terminar nuestra carrera y demostrar cómo se hace en realidad —le ofreció al muchacho con un semblante pícaro.
Tomy miró a su madre.
—¿Mami?
Ella contempló los rasgos de su niño, veía la inseguridad en esos ojos marrones más claros que los suyos. Le posó una mano en la mejilla y le brindó una caricia, aunque corta, sabía que a los niños de su edad les daba algo de vergüenza que los vean en circunstancias afectivas con sus padres.
—Ve, cielo, aquí te espero.
Tomy y su padre, de quien aún ella no sabía su nombre, se fueron hacia la pista de carreras. Agarraron una gran bolsa de arpillera y saltaron dentro. Cuando se gritó «en sus marcas» y se sonó la corneta de inicio, padre e hijo comenzaron a saltar y avanzar rápidamente pasando al resto de los participantes no sin dificultad.
Una nostalgia le embargó el corazón. El niño necesitaba un padre, ella no podía ocupar ese lugar, por más que lo intentara.
Contempló al padre con atención mientras él reía y saltaba junto a Tomy. ¿Quién era? ¿Qué buscaba? ¿Sabría quién era ella? Estaba segura que era así, sin embargo ella no tenía ni la menor idea de quién era ese hombre y que buscaba al lado de su hijo.
—¡Ganamos! —exclamó Tomy al tiempo que se lanzaba en los brazos abiertos de su madre.
—Te felicito, cielo —dijo a la vez que lo abrazaba y que no le quitaba los ojos de encima al sujeto que venía detrás del niño.
Él tenía el semblante serio y parecía inspeccionarla a ella como ella lo hacía con él. ¿Se estarían haciendo las mismas preguntas?
Llego el momento del almuerzo, del que disfrutaron entre risas y anécdotas de los juegos en los que habían participado hasta que ella llegara. Al principio todos se habían mostrado tensos, pero de apoco se fueron aflojando y relajando. En especial Tomy, que había estado mirando con precaución a sus padres como si hubiera estado a la espera de algún ataque sorpresivo.
Parecía que el padre había preparado la canasta de picinic que contenía sándwiches de los más exquisitos. Tenía que concedérselo, estaban riquísimos y se había esmerado. También había traído una botella de limonada casera y una torta de chocolate con crema de almendras y frutillas. Al terminar de comer, ella tenía el estómago tan lleno que parecía que fuera a explotar en cualquier instante.
Luego, Tomy se fue a jugar un partido de fútbol con sus compañeros de clase, así que Evelyn y el padre de Tomy se quedaron solos nuevamente.
Él se incorporó del asiento y le ofreció una mano, la que ella aceptó a regañadientes. Ella miró entorno, parecía que ya no eran de interés para el resto de las familias, quienes comían sin percatarse más de ellos.
Caminaron uno al lado del otro en silencio por unos cuantos minutos hasta que ella decidió ser la que rompiera el hielo.
—¿Cómo te llamas?
—Chris.
El silencio volvió a reinar entre ellos. Estaban incomodos, sin saber cómo comenzar una charla, sin embargo debían hacerla por su hijo, si no por ellos.
—¿Cuánto hace que eres su madre?
—Un par de años.
—Hace bastante, entonces.
—Sí. ¿Y que tú eres su padre?
—Tan solo cuatro meses.
—¡Cuatro meses! —se sorprendió ella. No eran pocos como él parecía pensar, para ella eran una eternidad—. ¿Cómo puede ser que no me haya dicho nada? ¿Cómo no me di cuenta?
—Nos veíamos después de clases, en los horarios en que vas a la universidad. No lo culpes, se sentía mal por mentirte, pero parecía que era la única manera.
—Podría haberme contado que ahora tenía un padre.
—Temía que te fueras.
Ella sonrió y sacudió su cabeza de un lado al otro.
—Eso no pasará. ¿Cómo te convocaron?
—Respondí a un anuncio y fui a una especie de casting en la que Tomy estaba sentado a una mesa y cada tantos minutos uno de los postulantes nos sentábamos frente a él. Manteníamos una pequeña conversación y luego iba otro. Parecía una de esas citas a ciegas en que los hombres van pasando cada cinco minutos de mesa en mesa mientras las mujeres quedan sentadas. Y cuando finalizó, Tomy se decidió por mí —dijo y se encogió de hombros como si no pudiera captar qué había visto el niño en él—. Firmé un contrato y con el dinero pude abrir, finalmente, mi restaurant. Soy chef —aclaró.
—Chef —repitió y sonrió—. Así que te eligió él. A mí no, él aún era pequeño, por lo que lo hicieron sus verdaderos padres. Realizaron varias entrevistas y yo salí ganadora, por así decirlo. Necesitaba el dinero para terminar mis estudios de arte dramático y ellos me pagarían una gran suma por ser su madre. Al principio, fue incomodo encontrarme con un hijo de unos diez años a los veinticuatro y luego me encariñé tanto con él que ya no podría concebir mi vida sin él en ella.
—¿Y sus verdaderos padres? Estaban en la entrevista, solo intercambiamos algunas frases formales y, una vez firmados los papeles, nos los he vuelto a ver.
—Supongo que estarán disfrutando de sus millones mientras nosotros lo criamos —dijo y algo de enojo se translució en sus palabras—. No me malinterpretes, lo adoro como si fuera mío, pero ellos… no se lo merecen.
—Es un muchacho genial.
—Sí lo es —dijo orgullosa de que parte de eso fuera debido a ella.
—Evelyn, cuando termine la jornada, ¿qué te parece si invito a Tomy y su madre a cenar a mi restorán? —preguntó, le tomó la mano y le acarició los nudillos con el pulgar—. Aún no está abierto al público, pero me las ingeniaré para prepararles algo.
—Me encantaría. Además tengo que conocer más a fondo al padre de mi hijo.
—Todo resuelto, entonces. Al fin festejaré el día del padre como debe ser, con mi hijo y mi… ¿qué vendrías a ser?

—Ya lo veremos.

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