viernes, 22 de febrero de 2013

Encargo olvidado


 ¡Tenía que encontrarlas! Laura, su mejor amiga, se las había encargado hacía tiempo y, como de costumbre, Cloe se había olvidado y lo había recordado en el último momento.
Por culpa del retraso, ya había visitado tres tiendas en lo que iba de la mañana, pero en ninguna había hallado lo que necesitaba. Seguía sin comprender cómo no tenían las flores que buscaba, en cada una le habían mencionado que no eran de esa época del año, ¡a ella qué demonios le importaba! Tenía que conseguirlas a como dé lugar. ¿Notaría Laura si faltara alguna? ¿Pero qué decía? ¡Claro, que lo haría! Tal era el motivo por el que corría calle abajo, iba en busca de otro local.

Se movía tan rápido que los escaparates y casas parecían un colorido borrón a su paso. Tenía la boca abierta como un pez fuera del agua, por la que dejaba escapar la respiración agitada. Trataba de que el aire fresco le arribara a los pulmones mientras le parecía que las piernas se le desprenderían de las caderas en cualquier instante y el corazón le latía tan fuerte que le golpeaba el pecho. Tenía los músculos agarrotado y sentía el cuerpo pesar una tonelada. Cada paso significaba una tortura dolorosa.
Sin embargo, el tormento más cruel era el que le imponía el reloj, un aparato del demonio en el que el tiempo avanzaba indefectiblemente. Las agujas se movían, segundo tras segundo, sin haber modo de detenerlas. El ruido ensordecedor le invadía los oídos: tic-tac, tic-tac, recordándole el poco margen que le restaba para llevar a cabo la encomienda.
Las veredas irregulares le entorpecían el avance y perdía preciados instantes sorteando transeúntes, casi parecía estar en una carrera de obstáculos. Las medias se le habían corrido y llevaba el cabello castaño desparramado y pegado a las mejillas. La blusa se le adhería a la piel sin dejar rasgo alguno de la esbelta figura librado a la imaginación. La apariencia de la joven era la de un ser impresentable, pero ya no le importaba. ¡Ahí estaba la tienda! Jadeos sucesivos brotaban de los labios color rosado.
Cloe veía el cartel violeta con letras blancas mientras pensaba que al fin había hallado el establecimiento indicado. Por favor, que lo sea, elevaba como ruego a quien la escuchara. No podía seguir corriendo de un lado al otro por un minuto más.
Estaba apenas a unos pocos metros de la puerta vidriada, ya la alcanzaba cuando una sombra hizo una aparición imprevisible y se interpuso en su camino. No, no, no, pensó ella. El choque fue inminente. Brazos y piernas se enredaron, y dos personas volaron por el aire.
Cloe aterrizó sobre un colchón un tanto duro. Abrió los ojos muy despacio, todavía aturdida y parpadeó un par de veces para fijar la vista. ¿Qué había ocurrido? De pronto, el colchón emitió un gruñido. Desvió la mirada hacia arriba, y entonces se encontró con un par de ojos celestes. No, eran grises. ¿O serían plateados? Mentón firme, rasgos bien perfilados. Abundante cabello oscuro y prolijo, seguro arreglado antes de la colisión. Los ojos… Se sintió hipnotizada, el tic-tac detenido. Sin embargo, esas pupilas destilaban rabia. ¡Oh, demonios! ¡Qué desastre! No tenía tiempo para nada de eso.
El sonido martirizante la devolvió a la vida. Tic-tac, tic-tac. Trató de incorporarse, pero no podía. Parecía que su cuerpo había renunciado a ella tras la carrera inhumana a la que lo había sometido.
De pronto se recordó que tenía que encontrar las flores, lo que le dio las fuerzas suficientes para alzarse, aunque toscamente, en cuatro patas.  
—¿Qué crees que haces? —le preguntó él al tiempo que la aferraba por las caderas y tiraba de ella para mantenerla en el lugar, dado que se disponía a deslizarse sobre él como si fuera una simple alfombra.
—¡Suéltame, bestia! —gritó la mujer aún sin haber recuperado el aliento. El pecho de Cloe subía y bajaba con violencia. El aire que inhalaba le escocía hasta la garganta.
Pensando en alcanzar su objetivo, focalizó la vista en la puerta de cristal de la tienda, aunque todavía permanecía sentada a horcajadas sobre el desconocido. Tiró de las garras que la sujetaban, trató de zafarse y de seguir adelante, sin embargo, al encontrarse inmovilizada, la invadió la desesperación y la racionalidad la abandonó.  Entonces comenzó a golpearlo. En algún sitio recóndito de su mente comprendía que la conducta era exagerada, pero no lograba controlarse. Ahora eran las muñecas las que se veían atrapadas por unos fuertes grilletes de carne y hueso.
—¡Estate quieta! —gritó él con una voz tan profunda que le produjo escalofríos. Los latigazos de hielo le recorrieron la espalda a la par que se detenía, ya sin fuerzas. Pequeños temblores convulsionaron el agotado físico de la mujer.
—Por favor —suplicó en un murmullo y lágrimas rodaron de sus ojos al fijarlos en los masculinos.
Laura le había hecho un único encargo para el casamiento, y no iba a lograr llevarlo a cabo. En aquel instante Cloe se sentía despreciable, la peor amiga del mundo entero. Había querido tanto cumplir con ella. En realidad, a partir de que Laura le preguntara si ya las había conseguido, recordó el ramo que tenía que armar. ¡Su amiga admiraba tanto a la duquesa de Cambridge! Hasta había obtenido que le reprodujeran de manera exacta el vestido entallado con escote corazón y mangas largas de encaje que había lucido la esposa del Príncipe William en el día de la boda. También había escogido el mismo peinado semirrecogido adornado por una tiara y el delicado velo.
Cloe no alcanzaba a imaginar qué apariencia tendría Laura. A decir verdad, no había muchas similitudes físicas entre su amiga y la fuente de inspiración. No obstante, ella solo debía copiar el arreglo foral. No tenía idea de cómo se le había ocurrido a Laura que la irresponsable, pero siempre bien intencionada, Cloe podría ayudarla.
Habría sido simple de no haberse olvidado del encargo. Tic-tac, el reloj corría y parecía estar en su contra. Al día siguiente sería el enlace y los minutos se sucedían unos a otros.  Sollozos le salían de entre los labios sin que pudiera contenerlos.
Laura solo quería lirios del valle, mirtos, jacintos y claveles chinos. La combinación de esas flores, le había explicado ella, simbolizaban amor, felicidad y respeto. Salvo los mirtos, que solo eran una tradición en las bodas británicas. ¡Ni siquiera estaban en Inglaterra! Laura nunca había viajado allí, ¡por dios santo! Eran solo cuatro tipos de flores, pero no lograba dar con ellos.
Se reencontró con la mirada del hombre. Ya no tenía dudas, eran grises y ahora se veían desorientados, incluso un poco temerosos. No era para menos: una loca le había saltado encima y, sin previo aviso ni justificación, había comenzado a derramar lágrimas sobre él, desconsolada.
A pesar de saber que parecería demente, Cloe se aferró a las solapas de la chaqueta masculina y enterró el rostro en el pecho del extraño. Él se sentó con ella en el regazo y la rodeó con los brazos al tiempo que le susurraba palabras al oído tratando de serenarla. ¿Qué le estaba diciendo? Cantaba.
Y allí estaba ella, desparramada en la vereda junto a un desconocido, rodeada de gente que los miraba estupefacta y el extraño que le cantaba y la mecía. Cloe advirtió que con una mano él le acariciaba la nuca, lo que le relajaba los músculos que tenía agarrotados. Absorbió por la nariz haciendo un ruido espasmódico y un fuerte aroma a pino y tierra fresca la envolvió. El corazón le palpitaba salvajemente de nuevo, pero por una razón muy distinta a la anterior. Alzó el rostro y los labios varoniles se extendieron hasta formar una sonrisa. Luego él le tomó el rostro entre las manos y le limpió las lágrimas con los ásperos pulgares. Ella quedó perdida entre los ojos y la sonrisa de él.
—¿Mejor?
Le apartó con delicadeza los mechones de cabello que le caían sobre la frente y se los acomodó detrás de las orejas.
Cloe se quedó perpleja ante el hombre más atractivo que había contemplado nunca. Ciertamente, el destino estaba en su contra, pensó mientras se mordía el labio inferior y las mejillas se le arrebolaban. Entonces descendió la vista hacía donde sus caderas se conectaban con las masculinas.
Allí estaba ella, toda la ropa desarreglada, el cabello hecho un desastre, sentada abierta de piernas sobre un adonis viviente. La elegante falda, arremolinada en las caderas, dejaba a la vista de quien pasara sus largas piernas hasta casi donde terminaban los muslos. Hasta le faltaba un zapato, al notarlo una risa histérica irrumpió de sus labios. Poco después se percató de que él no reía, quizás porque acababa de confirmar que ella era una loca que había escapado de un manicomio. Pero para su sorpresa, él le sonreía. Vislumbró los dientes que se encontraban en una tentadora boca de finos y firmes labios que Cloe no pudo evitar contemplar con fijeza.
Las risas se detuvieron poco a poco y algo más tórrido dio inicio entre ambos. Cuando Cloe clavó sus ojos en los de él, notó que los masculinos estaban dilatados, negro absorbía gris. Excitación y deseo la embargaron.
Ella se deslizó la lengua por los labios resecos y dio una bocanada de aire. El reloj, su sonoro verdugo, enmudeció como por arte de magia. Tuvo que recordarse que se encontraban en plena calle y obligar a su mente a ponerse en funcionamiento, pero la tentación de saborear los labios y el interior de la boca que tenía delante era irresistible.
Con la intención de paliar los impulsos que la dominaban, desvió la mirada y la vagó entorno. Los curiosos que los circundaban, ya habían desaparecido, daba la impresión de que nadie más se interesaba por un par de lunáticos sentados en medio de la vereda.
Casi al mismo tiempo, divisó algunas flores blancas que se hallaban desperdigadas por doquier. Sus ojos se ampliaron ante el asombro y la felicidad que la invadió.
—Lirios del valle —susurró con un tono tembloroso mientras recogía una.
—Sí —contestó el extraño con el ceño fruncido.
 Ella levantó otra.
—¡Claveles chinos! —gritó a la vez que alzaba la flor hasta ponerla frente a la mirada del hombre.
—Sí —afirmó él con expresión cauta al punto que la sostenía, firme, por la cintura.
Ella examinó los otros pimpollos hasta lanzar una exclamación llena de entusiasmo.
—¡Mirtos y jacintos!
—Exacto.
A unos pasos ella había una caja. ¡Él llevaba una caja repleta con los ramos que buscaba!
—¿Cuánto? —interrogó con entusiasmo.
—¿«Cuánto»? —repitió el extraño sin comprenderla.
—¿Cuánto pide por uno de estos ramos de novia?
—Eh… estos ya están vendidos. —La desilusión bañó las facciones tanto de la joven como del hombre—. Además, están arruinados —continuó al tiempo que observaba los pimpollos aplastados—. Pero puedo conseguirte uno nuevo, si quieres.
—¿Si quiero? ¡Claro que sí! —Ella se dejó caer sobre él al tiempo que estallaba en nuevas carcajadas—. ¡He estado buscando estas flores por horas! Será el ramo de bodas de mi mejor amiga —dijo entornando los ojos.  Había notado lo que él había supuesto, que ella necesitaba un ramo para su propia boda—. Ya puedes ir devolviendo esa bonita sonrisa a tu rostro —concluyó antes de cruzar las muñecas por detrás de la nuca del extraño, aún con algunas flores entre los dedos.
—Alex… es mi nombre.
Él se incorporó y le extendió una mano para ayudarla a hacer lo mismo.
—Hola, Alex. Soy Cloe —anunció ella y estrechó la palma abierta que se le ofrecía, miles de chispas brotaron del cálido contacto—. ¿Qué tal si me invitas un café mientras hablamos del arreglo floral?
Con las manos entrelazadas se adentraron en la tienda de marquesina violeta y letras blancas. En la mente de Cloe se maquinaba de qué forma anunciarle al desconocido llamado Alex que sería su acompañante en el acontecimiento del día siguiente. Ni soñarlo que iba a dejar escapar al hombre que el destino le había regalado para que lo envistiera. 

3 comentarios:

  1. Hola Camilla, soy uno de los administradores de Aconpáñame, te acabo de recoger el relato y te pongo en la lista de retantes en su sección del blog.

    Por cierto, un relato muy bonito.

    Un abrazo y gracias por participar.

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    1. Gracias!! Estoy muy ilusionada con este reto! Besos

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  2. Hola, Camilla

    Me ha encantado el relato!!!!
    besitos

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